25.2.12

Freddy

Despertar de una pesadilla no posee comparación con ninguna otra situación de la vida en general. La sensación que sube desde el centro de los pulmones hasta la boca, nunca, pero he dicho nunca, la he experimentado en otros casos.
Creemos que la angustia, rabia, ira, llanto, o tan solo tristeza que generan las imágenes debió ser contenida (por lo que para nosotros fueron horas), y que solo en delicados casos, una vez que los parpados realicen su acto de magia pueda suceder el desahogo.
Nos obligamos durante tanto tiempo, ficcional o real, a no liberarlo, que el nudo se detiene en cada punto del trayecto que hemos indicado, dejando que lo degustemos, que nos quede inconclusa la angustia, que el llanto, solo se vuelva lamento quejoso, seco.
La primera preocupación es la liberación. A medida que el tiempo pasa y la respiración se va normalizando comienza el acto de espionaje, y el Sr. que lleva la causa dentro nuestro junta cada pista, las coteja, las pone en relación-contradicción con el mundo real, el mundo que dejamos la noche anterior a la que ocurrió el hecho.
A mayor intento de dilucidar, mas rápido se van escondiendo las pistas, muchas veces suele ocurrir que el conflicto principal, se retenga un par de horas. En la mayoría de los casos se ocultara mas rápido, y en medio de la tarde, cuando un cuchillo unte la mermelada Uds. Le diga a su compañero, “a que no sabes lo que soñé “.

26.11.11

El sábado no se trabaja

Despierto en el verano que promete
Tu lado sigue tibio y no hay señales de lo contrario
Escribo, leo, fumo
Vos seguís tibio,
te oigo a través de las paredes,
la respiración me llega
Me lleno de tantas cosas,
demasiadas
Que el descanso, otra vez necesito del descanso
Y con las piernas temblando aun por la hoja en blanco,
por la ocupación de las palabras
Vuelvo a la cama
Lleno de tibieza mi lado
Y espero que la hora en que empieza nuestro día me sorprenda
Me depare lo que Ali Baba y los cuarenta ladrones quieran

12.4.11

Mi beso preferido

Me levanto sin hacer ruido, hay días que lo logro, otros que el reloj me alborota, lo que lo vuelve mas complicado. Lista para partir hago una ultima visita. El sueño no deja que notes que me acerco. Un segundo basta para que abras apenas los ojos. Tu boca sin reflejos, solo te dispones a recibir un beso. Como el salto sobre un colchón mi boca llega y retrocede instantáneamente. Dura poco, pero me alcanza hasta que bajo del colectivo un mal día, y hasta entrada la tarde en el mejor.

22.11.10

—Hay una cosa que no entiendo —dijo Izumi—. Dices que te gusto. Que te importo. Eso ya lo sé. Lo que a veces no sé es lo que estás pensando de verdad.
Al pronunciar estas palabras, Izumi se sacó un pañuelo del bolsillo del abrigo y se enjugó las lágrimas. Hasta aquel momento, ni me había dado cuenta de que estuviera llorando. Como no sabía qué decir, esperé a que prosiguiera.
—A ti te gusta ir dándole vueltas a las cosas tú solo. Seguro. Y no soportas que los demás sepan lo que tienes en la cabeza. Tal vez sea porque eres hijo único. Estás acostumbrado a pensar las cosas por tu cuenta y a decidir por ti mismo. Con que yo me entienda, ya basta, ¿no? —dijo Izumi sacudiendo la cabeza—. Y eso a mí me produce una terrible inseguridad. Me siento abandonada.
«Hijo único.» Hacía tiempo que no oía esas palabras. Recordé cuánto me habían herido en primaria. Pero ahora Izumi les había dado un sentido un poco distinto. No se refería a mí como a un niño mimado y consentido, sino como a un ego propenso a aislarse, al que le costara salir de su propio mundo. No me estaba recriminando nada. Únicamente se sentía sola.
—No creas. He estado muy contenta de que hayamos podido abrazarnos así. Incluso he pensado que quizá, de ahora en adelante, todo vaya bien —dijo al separarnos—. Pero no será fácil.
Mientras iba de la estación a casa, estuve reflexionando sobre sus palabras. Entendía más o menos lo que me había querido decir. No estaba acostumbrado a abrirle el corazón a nadie. Ella me había abierto el suyo; yo no había sido capaz de hacerlo. Izumi me gustaba, pero, como algo más profundo, no la aceptaba.

Al sur de la frontera, al oeste del sol. Haruki Murakami