24.2.10

Un trabajador mas

Desaparecía cada noche sin dejar rastro. Sigilosamente deslizaba las sábanas sobre su esposa. Correrlas en sentido contrario implicaría mucho peligro. Primero el pie izquierdo, luego el derecho, unos dos metros ó 6 pasos de talle 37 lo sacaban de la habitación. Una vez fuera, sobre la silla de su izquierda, sus vestiduras. Todo el proceso no duraba más de 10 minutos, momento para el que ya debería encontrarse en la calle.
Muy poca gente circulaba en ese horario así y todo. La ciudad no descansa y siempre hay algún bar o taberna esperando atacar al silencio. Dos cuadras derecho, cruza la avenida, toma el parque por la diagonal y lo atraviesa sin pedir permiso. Vuelta hacia la izquierda, dos parquímetros, tres semáforos, un puesto de flores, dos bocas de subte y un medio metro hacia adentro. La calle angosta lo tranquiliza, ¿o es la llegada a destino? se sienta sobre el borde de la vereda y espera. Ni impaciente ni acelerado, poco a poco su intranquilidad se convierte en una especie de relajo que no lo termina de adormecer. Acomoda su cuerpo apoyándose sobre las rodillas. Cierra los ojos y el sol comienza a subir. Antes de caer en las profundidades de la espera, oye una voz delante suyo, casi desde su mismo lugar. Si no pudiera ver juraría que es él quien habla. Con un movimiento brusco sus ojos se abren de par en par. Un gato negro de pelo aristócrata le estaba explicando cómo colocar un cuerpo humano dentro de una pared.

26.12.09

El hombre de mis pulgares

Desde siempre en momentos de dormir su pulgar se inhibía buscando refugio en la palma de la mano, nunca fue negada la guarida y los mayores, un tanto por sobreprotección y otro poco por costumbre lo cobijaban. Fueron segundos, minutos, días, meses y años: acto reflejo a la hora de ir a dormir. Sin premeditarlo apareció la compañía, lo que aparejó una nueva cama y con ello todo cambió: cambiaron los climas, los perfumes y los sonidos. No necesitó nada para que el paso no sea brusco, sin pedir permiso, abrazó al resto y tomó la delantera. Ahora cada vez que ella cierra los ojos pareciera dar piñas en vez de evitar amputaciones.

26.9.09

¡Todo era amor!

¡Todo era amor... amor!
No había nada más que amor.
En todas partes se encontraba amor.
No se podía hablar más que de amor.
Amor pasado por agua, a la vainilla,
amor al portador, amor a plazos.
Amor analizable, analizado.
Amor ultramarino.
Amor ecuestre.
Amor de cartón piedra, amor con leche...
lleno de prevenciones, de preventivos;
lleno de cortocircuitos, de cortapisas.
Amor con una gran M,
con una M mayúscula,
chorreado de merengue,
cubierto de flores blancas...
Amor espermatozoico, esperantista.
Amor desinfectado, amor untuoso...
Amor con sus accesorios, con sus repuestos;
con sus faltas de puntualidad, de ortografía;
con sus interrupciones cardíacas y telefónicas.
Amor que incendia el corazón de los orangutanes,
de los bomberos.
Amor que exalta el canto de las ranas bajo las ramas,
que arranca los botones de los botines,
que se alimenta de encelo y de ensalada.
Amor impostergable y amor impuesto.
Amor incandescente y amor incauto.
Amor indeformable. Amor desnudo.
Amor-amor que es, simplemente, amor.
Amor y amor... ¡y nada más que amor!


Oliverio Girondo

5.9.09

Linea del pensamiento

El bosque era inmenso, exorbitante, inabarcable, extremo, casi imperial.
Deambulaba buscando vaya uno a saber qué. Alzando la vista logro ver como planeaba extendiendo sus extremidades. Pensaba, debo haberme perdido el salto maestro. El instante en que imaginaba como habría tomado carrera le hizo perder el aterrizaje. Cuando volvió en si, el mapache ya jugaba a los pies de un árbol. Siguió caminando y creyó ver como dos mariposas se posaban sobre una flor naranja que expelía rayos violetas hacia afuera. Creyó estar en medio de un cuento de hadas, la inmensidad lo apabullaba. La luz de semejante paisaje comenzó a apagarse, algo ajeno a él obturaba la luz del sol a mayor velocidad. Las penumbras se hicieron lugar. Ya no había ni mapaches voladores, ni mariposas pululando, ni la psicodelia de las flores. El bosque se cerraba progresivamente a medida que los pasos se acortaban. en menos de lo que el pueda recordar se encontraba desfilando de costado entre medio de una gran confusión de ramas, hojas, lianas y raíces. Al tanteo, y sin casi nada de luz seguía con el paso dudoso hacia delante.
Nunca se detuvo. Nunca pensó en volver atrás. Abrió paso y allí estaba él. Se perdía cómo el mapache aterrizaba.

29.8.09

Seis de la tarde

Por un altoparlante latoso se oye una y otra vez, una voz femenina: “No se dejen empujar. Por favor hay siete puertas más”.
Un hombre flaco, sentado frente a una mujer, dirige una mirada atónita. Ella se asoma por un rincón de la ventana. Diez vacas intentan ingresar por una de las puertas del sexto vagón de la línea B.